LA TÍA CARLOTA
Por Alejandro Cornejo Mérida
Extracto del Boletín Danzón Club No. 184 (Junio, 2025)
Nada nuevo existe bajo el sol. Este relato no sólo muestra el lado oscuro de la sociedad mutante que constantemente atenta no sólo contra la moral establecida por hipócritas que mucho influyen en el alma colectiva, sino también en lo que acontece, de manera particular, en ciertas familias que pueden estar cerca de nosotros. Este es el caso de Carlota, aquella joven hermosa de cabello trigueño y largo, piel blanca y ojos cafés; esa lindura que allá por los años de 1967, pocas semanas después de haber cumplido dieciocho años, fue víctima del engaño y de promesas de parte de su novio, estudiante de medicina quién le juró que al terminar su carrera, se casarían bien, ella de blanco, en una iglesia adornada con alfombra roja, campanas y arreglos florales; confiando en él quien pedía una muestra suprema de amor, entregó su virginidad al que estaba por terminar sus estudios. Esta persona jamás cumplió lo prometido pues al graduarse emigró al extranjero y no se volvió a saber más de él.
Al correr los años, la joven mancillada no sólo se hizo desconfiada, sino que en su corazón nació y creció un nefasto odio en contra de los hombres a quienes consideraba unos embusteros miserables. Y aunque ya habían transcurridos quince años del pérfido engaño se negaba aceptar propuestas amorosas y estallaba en monstruosa cólera si alguien se atrevía a hacerle una propuesta de hacer el amor. Esas insinuaciones la ponían furiosa y le recordaban aquel lamentable incidente en el que, confiando en su enamorado y en las promesas ofrecidas, entregó su castidad.
La infamia sufrida no la podía superar a pesar de que contaba ya con treinta y tres años de edad; sin olvidar la vileza sufrida tantos años atrás, por las noches se despertaba en su bello cuerpo, el deseo de copular e inconscientemente se frotaba su parte íntima pero luego reaccionaba y al comprender que se estaba masturbando dejaba de hacerlo por considerar que eso también era un pecado y, además, porque eso no estaba en su escala de valores. Se esforzaba vigorosamente en alejar de su mente la idea de tener una compañía del sexo contrario. Le aterraba la idea de quedar embarazada sin haberse casado y respetando los valores religiosos y de la hipócrita sociedad, cargaba con la culpa de haberse entregado y dejarse desflorar por quien finalmente la engañó. Se mordía los labios y a veces a media noche leía la Biblia para apartar de su mente los deseos de tener coito. Así pues, estaba a una distancia muy lejana de entregarse a los placeres mágicos que nos brinda el sexo.
A pesar de que le gustaba la variada lectura, no manejaba información sobre la sexualidad. Ella, frustrada por el engaño, se arropó a la abstinencia sexual ignorando que esa práctica causa daños físicos y psicológicos, pues el sexo practicado regularmente mantiene el equilibrio en los niveles de producción de estrógenos y progesterona, evitando así riesgos de cardiopatía. Asimismo, aseguran los especialistas que el sexo es un buen antídoto contra el estrés, insomnio, tensión arterial elevada, depresión, y sobe todo nos motiva a ser felices y fortalece el sistema inmunológico. Todo esto lo ignoraba y pensaba que el continuar con el ayuno sexual le ayudaría a lavar su “pecado” cometido ya muchos años atrás. Pobre mujer, pensarían las jóvenes de nuestros tiempos que bien saben que hablar de sexo no es un tema del que tengamos que avergonzarnos, como lo pensaba Carlota.
Todo lo que ella pensaba de la sexualidad, su abstinencia, sus prejuicios y su moral religiosa la hicieron una mujer hipocondriaca: la ansiedad le robaba el sueño, una cadena de preocupaciones no le permitía realizar sus labores cotidianas y nació en ella un miedo terrible de llegar a sufrir enfermedades incurables. Los desvelos y la inquietud crecieron cuando empezó a sufrir mareos y a veces inesperados ataques Estos padecimientos la indujeron a visitar al médico quien al explorarla e interrogarla platicó la historia de su deshonra sexual y de sus abstinencias. Abrió los ojos de mujer incrédula cuando el galeno le dijo que la privación del sexo era la causa de todos sus malestares y que sólo con darse enteramente a un hombre su salud se vería enriquecida.
Después de esa consulta médica su meditación fue profunda y eso la llevó a pensar “y ahora qué hago; no me pondré como loca a buscar hombre”. Empezó por cambiar su forma de pensar y a despojarse de ideas y reglas absurdas que su moral le había impuesto como “esto no lo debo hacer porque es pecado” o “yo no puedo hacerlo; eso no está permitido” y porque además no va con la buena educación que me han dado en mi familia.
Así pasaron las semanas y continuaba preocupada por su situación, pero llegó un día en que platicó con su sobrino Carlitos, un joven de veintidós, hijo de una de sus hermanas y le dijo que tenía curiosidad de visitar y conocer esos centros nocturnos, más bien cabarets de la colonia obrera de la ciudad, pero que no se atrevía ir sola y sin pena pidió que le hiciera el favor de acompañarla. El joven gustoso accedió, y un viernes por la noche fueron a uno muy famoso y concurrido ubicado en las calles de Bolívar esquina con Gutiérrez Nájera. Ese espacio cabaretero tiene el nombre del protagonista de un cuento de hadas publicado por Charles Perrault allá por los años de 1697.
Felices entraron al antro, ocuparon una mesa al lado de la pista de baile. Ingirieron unas bebidas preparadas de ron con refresco de cola y vieron cómo acariciando sus cuerpos bailaban las parejas; unos lo hacían acorde a la famosa forma de a “cartoncito de cerveza”, lo que bien permitían eran las célebres ficheras. Ella quería danzar, pero no sabía, nunca había bailado. Finalmente se animó y decidió bailar con su sobrino y de la forma en que lo hacían las ficheras, nadie bailaba decentemente. Al juntar sus cuerpos y al calor del enlazamiento y de los tragos alcohólicos ingeridos, afloraron los deseos de fornicar. El sobrino no se atrevió a hacer la propuesta, pero en ella que se había encendido el fuego erótico, empezó a besarlo en la mejilla y fue cuando el joven se animó a besarla en la boca. Los besos y las caricias se repitieron cuando los músicos tocaron el danzón Nereidas y luego la conocida melodía Juárez del compositor chiapaneco Esteban Alfonzo, danzón que después fue transformada brillantemente por el arreglista cubano Tomás Ponce Reyes. La impudicia y el placer reinaban en ellos y en todos los asistentes y en el lugar de mala reputación, según la gente retrógrada y moralista
Esos momentos de lujuria que vivían lo abonaron e hicieron crecer el conjunto musical que continuaba interpretando música faildiana que invitaba a continuar con voluptuosidad que, más que un delicioso placer, los envolvía en un divino frenesí. La lascivia aumentó fuertemente y los atrapó; las mentes perturbadas y apasionadas no vislumbraban lo que es el incesto, bailaban movidos por la música y por el fuego erótico que parecía más ardiente que la lava expulsada por un volcán. Toda esa loca pasión, ese ardor intenso que vivían era una fogarada que hizo se olvidaran de que existía un cercano parentesco consanguíneo en entre los dos. Pero ella se encendía más al mirar que las ficheras besaban y acariciaban loa cuerpos de los hombres con quienes bailaban.
Ante estas vivencias y el panorama que mostraba a las parejas que gozaban la voluptuosidad dándole rienda suelta a la complacencia de los placeres, todo bajo una tenue luz del antro, llegó el momento en que ella tomó la iniciativa con insinuantes comentarios que el muchacho bien supo comprender, pues unidos los hermosos pechos de ella al de él, con voz entibiada por un amatorio vaho, comentó al oído:
—Ya no aguanto este bochorno. Estoy ardiendo, me estoy quemando —y después de darle un beso prolongado en la boca— dijo ¿Te animas, Carlitos?
— Pues…sí Carlota —ya no le dijo tía
— Pero será un secreto que guardaremos por siempre.
—Lo guardaré, lo prometo —habló muy quedito el joven que nunca imaginó que eso ocurriría.
Ella se enganchó al brazo de él y salieron del famoso antro. Caminaron por la calle de José T. Cuellar y oliendo a la bebida que habían consumido entraron al primer hotel que encontraron. Tan pronto como ingresaron a la habitación, ella se entregó a los brazos del joven quien la apretó y la atrajo hacía su cuerpo acariciándole toda su humanidad. Hicieron lo que tenían que hacer, los cuerpos desnudos se fundieron en el fuego apasionado que devoró los deseos inmensurables de dos seres que necesitaban desfogar un océano de energía acumulada.
Se entregaron en una lucha placentera que repitieron más de tres veces. Agotados decidieron descansar un rato, y cuando estaban abrazados, aún con sus cuerpos desnudos, ella le comentó que lo había visto desnudo en cierta ocasión en que la puerta de su dormitorio estaba entreabierta, y lo observó cuando se estaba masturbando. A él le dio risa cuando escuchó ese comentario.
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