LA BELLA CATRINA
Por Alejandro Cornejo Mérida
Extracto del Boletín Danzón Club No. 187 (Septiembre, 2025)
Amalia y Pablo son dos jóvenes que se conocieron cuando ya estaban ambos por terminar sus estudios del bachillerato, tres años después, ya ella estudiaba en la Facultad de Filosofía y Letras y él en la Facultad de Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México, en ese entonces, ya no sólo se saludaban a través del celular, sino que obedientes al mandato del corazón empezaron a acercarse más platicando en los cafés que existen en la propia universidad. Ambos se identificaron como adictos a la aromática bebida oscura, por lo que él la invitaba a otros lugares a degustarlo también; además del café, saboreaban ricas nieves que a ella le fascinaba. Se veían algunas veces los fines der semana, y cuando esto no era posible se hablaban para saludarse e informarse sobre sus avances en los estudios que cada uno hacía. Las entrevistas de fines de semana se fueron haciendo más frecuentes, lo que hizo pensar al padre de la joven que algo estaba ocurriendo con su hija pues se les escapaba a menudo de la casa argumentado algún pretexto. Las entrevistas con Pablo se prolongaron por más de uno año y esto hizo que naciera en ellos una relación sentimental; el pretendiente nunca pasaba por desapercibido fechas especiales como el Día del amor, la Navidad y el cumpleaños de ella, pues por whatsApp le enviaba las mañanitas con violín y piano. Todo esto la hacía feliz, además de que siempre la trataba con respeto, amabilidad y ternura.
Ella era una chica de tez blanca, cabello castaño y de un rostro que se embellecía con una agradable y permanente sonrisa. Vivía con sus padres y dos hermanas; esta familia era muy ordenada y gozaba de excelente reputación; estaban acostumbrados a darse ciertas comodidades y lujos que el estricto padre podía ofrecerles, como es el vestir ropa fina de marca, con elegancia y de manera tradicional.
El jefe de la casa era de carácter estricto, conservador y elitista; tenía por costumbre salir a comer o desayunar con toda su familia a conocidos restaurantes de la ciudad. Todos esto era posible porque era un alto ejecutivo de un conocido banco, obvio que por su trabajo tenías los recursos para poder asistir a los cinemas y a los teatros, tal y como lo hacen muchas familias de la clase media alta que acostumbran pasear y disfrutar en la época de vacaciones, viajando en avión y de preferencia a las más hermosas playas del país.
Estelita, la hermana mayor también era orgullo del padre y trabajaba a nivel ejecutiva en una institución bancaria igual que él y estaba próxima a contraer nupcias con prominente banquero. Esta situación hacía feliz al jefe de la casa, pero al mismo tiempo lo entristecía por el temor de ver menguada la convivencia familiar. No era un acto de egoísmo sino un miedo exagerado a la soledad, pues también pensaba, no se equivocaba, de que Amalia flechada por Cupido, ya andaba enredándose con algún pretendiente.
El romance entre Pablo y Amalia crecía con el correr de los meses; la emoción amorosa los acercó de tal manera que el trato ya era de un tierno noviazgo. Cada entrevista que tenían les hacía palpitar y estremecer de felicidad.
Más inocente ella que él en cuestiones del amor, nunca imaginó lo que más adelante ocurriría con su relación con Pablo. Antes de que ese acontecimiento ocurriera, el padre de ella intuyó que su hija se entrevistaba con alguien, por lo que la hizo confesar de que si tenía novio lo presentara a la familia y que no anduviera viéndose a escondidas con su enamorado.
Y fue así como Amalia concertó una entrevista entre su padre y Pablo, la que después de saludarse gentilmente se dio en la siguiente forma:
— Y después de titularse a qué piensa dedicarse —preguntó seriamente.
— Pues me gustaría especializarme en el área laboral y ser defensor de trabajadores. Esta idea la tengo después de que mi padre y miles de trabajadores fueron despedidos a raíz de la desaparición de la empresa descentralizada Luz y Fuerza del Centro.
— Pienso —dijo el padre de Amalia— que debería dedicarse a una actividad mejor remunerada como, por ejemplo, al derecho corporativo o empresarial, o especializarse en derecho bancario.
Guardando respeto a las opiniones de cada uno, era notorio que las diferencias ideológicas empezaban a aflorar, pues cuando el joven expresó sus simpatías por los trabajadores, el rostro del banquero mostraba claro desagrado y aunque no dijo lo que era ideológicamente sí dejó entrever su postura altamente clasista. La tempestad de preguntabas eran incómodas para el joven, como “vas a misa”, “en qué empleas tu tiempo libre” y “cuáles son tus lecturas preferidas”, y otras más como “crees en Dios” y “qué piensas de los izquierdosos del país”. Este pensamiento era muy parecido al tristemente funcionario del expresidente Fox que en el año 2001censuró la lectura de Aura del escritor Carlos Fuentes. Obvio que la postura del joven enamorado fue de mesura. Algunas preguntas las evadió hábilmente, pero en nada convencieron al funesto banquero, que consideró que Pablo no era un buen candidato para ser esposo de su amada hija.
Como consecuencia de la entrevista el experto en las finanzas quedó desilusionado y buscó convencer a su hija de que se alejara y rompiera definitivamente con su pretendiente, pero no pensó en lo difícil que se sería para ella acatar esa orden, ya que estaba apasionadamente enamorada y cuando nos prohíben una cosa, más nos aferramos a ella; el amor hacia Pablo tenía más fuerza que un tsunami, una etapa de enamoramiento en que todo es felicidad y nos obsesiona más cuando nos lo impiden.
El señor banquero caviló seriamente buscando a través de una perversa decisión quitar a Pablo del camino de Amalia. Entre otras cosas pensó en sobornarlo ofreciéndole una fuerte suma de dinero a condición de que se desapareciera de la ciudad; también ideó mandar a su hija al extranjero para que se olvidara del galán; otra opción contemplada era la siniestra decisión de provocarle a Pablo, a través de interpósita persona, un fatal accidente, pero antes —pensó— hablaría estricta y severamente con ella.
El hombre no dormía debido a la angustia de no poder decidirse por una pronta solución al problema que vivía; él y ego y su narcisismo le hacían más complicado el conflicto ocasionado por ese romance. Y todo eso ocurría a pesar de que, ese hombre, súbdito del dinero, ignoraba que el apego de su hija hacia su enamorado se debía a que el joven abogado, quien al igual que ella, los había atrapado el frenesí y el dulce fuego generado por los besos, abrazos y caricias que, con discreción, se daban y que en la bella Amalia le provocaban satisfactorios orgasmos que se repetían con las amorosas caricias que recibía de su cortejador. Esto aún sin tener momentos de intimidad. Otra circunstancia que los unía, sin duda, era la afinidad en sus gustos.
Pablo era un apasionado amante del baile; dominaba y ejecutaba con maestría distintos géneros dancísticos y ya había enseñado a Amalia, que pronto mostró habilidades para la danza y rápido se convirtió en una fanática de los bailes de salón, mostrando en todo momento regocijo y felicidad íntegra al bailar con su enamorado. Era tan elegante al bailar y en su vestir, que la comunidad dancística la empezaron a nombra La bella catrina. Mote con el que Pablo, amorosamente, también se dirigía a ella.
La joven sabía que si su padre se enteraba de sus andanzas en los bailes se iba a armar un estrepitoso escándalo en su familia de mentalidad conservadora, especialmente en su progenitor causaría fuerte golpe, pues sería una deshonra y descrédito para él, ya que era miembro de la organización religiosa conocida como Los caballeros de Colón.
Era el mes de diciembre; en los jardines de lujosas residencias en que se ubicaba la mansión de los padres de Amalia, florecían ya las hermosas flores rojas de las afamadas Nochebuenas, y en los lugares céntricos de la ciudad lucían bellos y luminosos adornos navideños. Esos detalles eran indiferentes al padre de la joven; él tenía la mente ocupada buscando la forma de arruinar a toda costa el romance de su hija. Y fue así que llegó un domingo de ese último mes del año. Ese día, subrepticiamente, los enamorados fueron a una matiné de baile, luego comieron en una fonda de un popular mercado, después acudieron a un café del sur de la ciudad; y aquel el tiempo medido por las horas de un adelantado invierno vio como esos amorosos corazones repetían las caricias, besos y abrazos que incendian la piel y la sangre, y que a ella le causaban éxtasis delirantes, pues eran momentos incomparables que la llenaban de felicidad. De los encendidos mimos se hicieron pausas aderezadas de ternura, y en ellas, mirándose a los ojos, hablaron de sus planes y del porvenir, que quizá les tenía preparado el destino, y así les sorprendió la helada y avanzada oscuridad.
En tanto eso ocurría, en la casa de ella el iracundo padre la esperaba para expresarle con voz altisonante su enérgico desacuerdo con esa relación e imponerle un hasta aquí. Según él, era el momento de hacer valer su autoridad, prohibiéndole volver a ver —según él— a ese mequetrefe, que despectivamente le llamaba abogadillo de barandilla. Así esperó a que la hija llegara. Pasaron las horas, la espera se prolongó y la hermosa y gentil Amalia no aparecía.
La demora de la hija, esa niña que cuando la amonestaban hacía sus rabietas, enfurecía más al celoso padre. La noche avanzó con sus pasos silenciosos; la angustia, enojo y arrogancia fue vencida por el cansancio y el sueño; el ascendiente de la joven, sin desearlo, se durmió y despertó hasta después de las cuatro de la mañana. Rápido se dirigió a la recámara de su rebelde hija, y estupefacto, abrió los ojos y quedó sorprendido al ver que su hija no había llegado.
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