DANZÓN Y MÁS DANZÓN
Por Dr. Jorge de León Rivera, Cronista del Danzón
Extracto del Boletín Danzón Club No. 189 (Noviembre, 2025)
En 1667, el reino de España cedió a Francia el tercio oeste de la Isla de Santo Domingo que hoy se conoce como Haití. Al trasladarse los franceses a la isla, lleva ron consigo sus bailes de salón: minuetos, gavotas, rigodones y contradanzas. La contradanza causó furor entre los negros y mulatos de la isla, quienes la adoptaron con entusiasmo y la fueron enriqueciendo con su particular concepción rítmica.
Casi un siglo después, en 1791 se desató en Haití una general y sangrienta insurrección de esclavos. Empavorecida, la población francesa emigro hacia Cuba o Nueva Orleans acompañada de una buena cantidad de sirvientes y esclavos negros. Después de esta forzosa migración, la contradanza se popularizó en Matanzas, Cuba, aun en contra de la recoleta sociedad de origen hispano, nuevamente fue expropiada por negros y mulatos, adaptándole el rítmico cinquillo y otro muestrario de percusiones. Esta nueva transformación de la contradanza francesa dio origen a la contradanza cubana, la habanera y la danza. La contra danza cubana fue cultivada por todos los compositores criollos del siglo XIX y de sus derivados surgió toda una familia de formas: de la contradanza en seis por ocho nacieron la clave, la criolla y la guajira. De la contradanza de dos cuartos nacieron la danza, la habanera y el danzón.
Uno de los primeros cautivadores del danzón fue el matancero Miguel Failde, autor de un sabroso y popular danzón titulado “Por nuestra parte sin novedad”, que hacía burla de las partes de guerra del ejército español en su lucha contra los mambises. Alejo Carpentier, en su libro sobre “La Música en Cuba”, niega a Miguel de Failde el título de creador del danzón y se lo otorga a Manuel Saumell apoyándose en la existencia de una contradanza titulada “La Tedezco”, en la cual encontró toda la estructura del danzón que surgiría más tarde.
El danzón que más de cien años después continuaría en plena vigencia admitió en su evolución todo tipo de elementos. En sus inicios fue una forma popular que sólo practicaban los negros, mulatos y mestizos, aunque finalmente fue adoptada por la sociedad criolla de Matanzas, de donde pasó a La Habana. A finales de siglo, el ritmo contagioso del danzón ejercía una influencia tan incontrastable en todas las clases sociales de la isla que llegó a ser considerado por propios y extraños como el baile nacional de Cuba.
El primitivo danzón tenía una introducción de ocho compases; en la segunda parte, o parte de clarinete solista, usaba el típico “cinquillo” cubano, la parte obligada del clarinete fue también parte obligada del cornetín o el trombón virtuosos. De inmediato retornaba la introducción y se pasaba a una parte melódica de violín. A principios de siglo el danzón adoptó un nuevo añadido surgido del son: el sabroso “montuno”, para añadir al final un ritmo más ágil que hiciese las veces de coda. Así es como se escucha el danzón en la actualidad.
Según relata Carpentier, durante cerca de 40 años no hubo acontecimiento que dejara de ser celebrado con un danzón. Los nombres de estos danzones conmemorativos recuerdan sucesos de la historia local e internacional: “El triunfo de la conjunción”, “Martí no debió morir”, “La toma de Varsovia”, “Aliados y alemanes”, etc.
BIBLIOGRAFÍA:
• Carpentier Alejo. La Música en Cuba.
• Moreno Rivas Yolanda. Historia ilustrada de la música popular mexicana.
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